Se le congelaron de tanto apretar los puños contra sus bolsillos llenos de nada. Tenía los dedos fríos de bailar durante horas el vals de cien despedidas invisibles. Temblorosas. Como su respiración, expirando aire de ese que lleva mil palabras a saber donde. Allí donde nadie sabe.
Y entre bocanada y bocanada, cerraba los ojos. Azules, profundos pozos de tristeza, de esos en los que nadie se atreve a reflejarse, por miedo a las legañas.
Se le congelaron los dedos aquella tarde. Se le congeló su ultima palabra en la garganta. Intentando agarrarse al viento que salía de su boca. Y que se estrellaba contra el frío. Como losa inevitable de el invierno que le pesaba en las espaldas.

Ojala que a tí tampoco te corten las alas. No te dejes.
ResponderEliminar